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Vida y milagros de la Interbalnearia

Historia de una ruta que fue protagonista de una de las mayores transformaciones sociales y urbanas del Uruguay

Los uruguayos han recorrido mil veces la ruta Interbalnearia, por lo común con el ojo puesto en las vacaciones que esperan al final del camino (o bien en el regreso al trabajo), perdiendo de vista que a ambos lados de su asfalto se sigue gestando una de las mayores transformaciones sociales y urbanas de la historia del país.

Desde su nombre original se adivina el cometido de la carretera: unir los balnearios de la costa, entre el límite de Canelones con Montevideo, hasta las puertas de Punta del Este. Esa sigue siendo su función principal, pero su influencia ha sido significativamente mayor. El legislador y el gobernante planifican: después la sociedad toma un camino propio para crecer. Y en este caso, ese camino fue la Interbalnearia.

Se afirma a veces que Uruguay es el país de los cambios lentos. Sin embargo, esa transformación se registró en relativamente pocos años. Es posible que muchas personas que vivieron la época previa a la Interbalnearia, cuando visitar una de las playas de Canelones representaba un viaje largo y complicado, hoy sean algunos de los casi 100.000 vecinos de la Ciudad de la Costa.

Desde la época colonial esa costa canaria estaba conformada por parajes de vasta desolación, arenales que casi nadie visitaba en los confines de antiguas estancias. Se afirma que solo llegaban contrabandistas y tripulaciones de embarcaciones enemigas de la Corona española, aunque quizás haya más leyenda que verdad en esas historias. En las primeras décadas del siglo XX y como eco de las nuevas tendencias europeas del veraneo en el mar, surgieron balnearios como Atlántida y La Floresta.

Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 comenzó la forestación y el fraccionamiento de otras zonas costeras de Canelones. Por ejemplo, el primer proyecto inmobiliario a la salida de Montevideo fue Shangrilá en 1946. El nombre evoca al Shangri-Lá, una suerte de paraíso en la tierra imaginado por el escritor James Hilton en su novela Horizontes Perdidos. Pero también es el acrónimo de la empresa inmobiliaria argentina que encaró el plan: Sociedad Hipotecaria Administradora de Negocios Generales Rentas Inversiones Locaciones Anónimas. O sea, S.H.A.N.G.R.I.L.A.

FOTO [CdF] Hotel «El Planeta». Balneario Atlántida, departamento de Canelones. Año 1937.
FOTO [CdF] Vista aérea de la península de Punta del Este y alrededores. Departamento de Maldonado. Años 1945-1948.

Otra firma, Mar Sociedad Ánónima, creó varios fraccionamientos, todos terminados en la palabra «mar», que representaba un gancho eficaz para captar clientes. Sobre la playa fueron Solymar Sur, Parque de Solymar, Lomas de Solymar y Médanos de Solymar. Entre la entonces avenida Italia y la futura Interbalnearia surgieron Solymar Norte, Montes de Solymar y Pinares de Solymar. Y más al norte, Colinas de Solymar.

Nació así una nueva propuesta para la clase media montevideana: cumplir el sueño de una casita en la playa. Primero fueron las zonas más cercanas a la capital, pero poco a poco la carrera siguió hacia el este, aunque hasta la década de 1950 solo había dos formas de trasladarse hasta allí: el ferrocarril y el Camino a Maldonado, todavía una calzada de hormigón angosta, que se comunicaba con la costa a través de caminos transversales.

FOTO [CdF] Balneario Solís. Año 1927.

Partida de nacimiento: una ley

El incipiente éxodo hacia el este durante la temporada estival o los fines de semana convenció a las autoridades nacionales de la necesidad de habilitar una nueva forma de acceso. El 9 de diciembre de 1952, el Parlamento aprobó la ley 11.889, que dispuso la construcción de la “carretera Interbalnearia”, autorizó la emisión de deuda para la ejecución de las obras y creó recursos para su amortización e intereses.

En la norma se estableció que el ancho de la calzada sería de 7,20 metros, pero ya estaba prevista su ampliación futura a una doble vía. El trazado inicial abarcaba desde la ruta 101 hasta el arroyo Solís Chico, sobre el antiguo camino de Paso de Escobar hasta la Picada del arroyo Pando y luego «costeando el límite norte de las plantas urbanas de los balnearios Salinas, Atlántida, Las Toscas y Parque del Plata», según se indicó. Con los años, esta decisión fue cuestionada, porque de alguna manera la Interbalnearia constriñó el crecimiento de los balnearios entre el Río de la Plata y la carretera.

Durante años, las viviendas se levantaban solo al sur de la carretera. Al norte era un paraje todavía natural, salpicado cada tanto por areneras que se convirtieron en lagos artificiales. Estos representaron durante años un buen lugar para la pesca, aunque peligrosos para los baños, hasta que llegó la contaminación.

La primera frontera de la nueva ruta fue el arroyo Solís Chico. En 1960 se inauguró el puente y el trazado continuó por el departamento de Canelones hasta el Solís Grande. Este arroyo, más caudaloso, fue superado con un nuevo puente en 1962. Y entonces la Interbalnearia siguió viaje hasta las cercanías de Punta del Este. Nuevos balnearios fueron brotando, en una línea que iba desde Shangrilá hasta Jaureguiberry. Por supuesto, también aparecieron más destinos y frecuencias en el transporte colectivo. Incluso las empresas montevideanas extendieron sus líneas hacia allá.

En 1974, otra decisión gubernamental incidió, sin que fuera su objetivo, en la transformación de la zona. La liberación del precio de los alquileres determinó que mucha gente no pudiera afrontar el gasto, por lo cual se mudó a su casita de la playa, compró un terreno y edificó o simplemente compró una vivienda ya construida. Fue un fenómeno notorio para sus contemporáneos, pero cuya dimensión nadie sospechó: terminaría provocando una de las mayores explosiones demográficas registradas en América Latina (justo en Uruguay, cuya población parece congelada alrededor de los 3 millones).

En 1963 vivían entre los arroyos Carrasco y Pando 4.392 personas, según el censo de ese año. En 1975 fueron contabilizadas 19.482. En 1994, por ley se denominó a esa zona Ciudad de la Costa, cuando la población superaba los 60.000. Ya los distintos balnearios se habían fusionado y pasaron a ser barrios del conglomerado mayor. El censo de 2011 determinó que la población era de 112.449 habitantes: el segundo núcleo urbano del país, luego de la capital. También aumentó la población permanente en localidades como Salinas o Atlántida, ya fuera de la Ciudad de la Costa.

FOTO iStock

Las razones de ese crecimiento fueron el menor precio de las propiedades, la cercanía con Montevideo, la facilidad de acceso y la atracción de un ambiente todavía natural, arbolado y a pasos de la playa. La principal arteria de la Ciudad de la Costa es la avenida Gianattasio, antes conocida como la continuación de avenida Italia y en su origen una calle angosta. Se trata de una vía de alguna manera «hermana» de la Interbalnearia, que pasó a ser el límite norte de la urbanización.

No todo resultaba perfecto, pues la expansión de la población resultó mucho más rápida que el crecimiento de algunos servicios. De a poco se fueron instalando colegios, oficinas públicas, bancos, supermercados. Hace 20 años, Peñarol pensó en construir su estadio en la zona, dotado de restaurantes y locales comerciales, pero la idea no caminó (después se pensó en los alrededores del Parque Roosevelt y se terminó construyendo a poca distancia del cruce de las rutas 8 y 102). En 2012 se inauguró el shopping y centro cívico Costa Urbana, tratando de solucionar ese déficit. Pero todavía queda mucho por hacer, sobre todo en materia de saneamiento y preservación de las vías de tránsito.

¿Y qué ocurría en tanto sobre la Interbalnearia? En términos de tránsito se volvió la vía más rápida entre el Aeropuerto y el puente del arroyo Pando, ya que la urbanización a ambos lados de la Gianattasio hizo de esta una verdadera calle citadina. Pero los nuevos aires eran imparables también al norte de la Interbalnearia.

FOTO ARCHIVO Barrio Cumbres. Año 2012.

Los cambios más recientes

En los últimos años del siglo XX todavía quedaban en esa zona norte amplios predios, algunos incluso con explotaciones rurales. Esas dimensiones, y la cercanía con la capital los convertía en ideales para el nuevo concepto de barrios privados, reconocidos y regulados por una ordenanza de la Intendencia de Canelones en 1998. Y que incluso desde antes de esa norma no han dejado de crecer. Pero también había lugar para otros emprendimientos, desde instalaciones logísticas a cementerios privados. Y hay obras en marcha, como el shopping de automóviles Car One.

El auge de la vecina ruta 101 como polo logístico e industrial disparó el precio del metro cuadrado, pues quedan pocos espacios libres. La consecuencia natural es que muchos proyectos comenzaran a apuntar a la Interbalnearia (desde 2011 denominada Ruta General Líber Seregni). Esto replantea el tema de los servicios, por ejemplo gastronómicos, todavía escasos en esa zona.

En el tramo entre los arroyos Pando y Solís Chico también crece la población permanente, así como la que vive al norte de la ruta (incluso algunos asentamientos irregulares). Más allá de La Floresta, la Interbalnearia vuelve a ser la vía de comunicación con balnearios habitados preferentemente en verano pensada en un principio. Pero es imposible aventurar qué ocurrirá en los próximos 50 años.

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