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«No hay nada que no se pueda hacer si uno pone dedicación y esfuerzo»

Marcelo Filippini: tenista de nivel mundial, pero también polista, golfista, futbolista y aficionado al buen vino

MARCELO FILIPPINI.

Para un aficionado a los deportes mayor de 30 años, a Marcelo Filippini se lo identifica inmediatamente como uno de los mejores tenistas uruguayos de la historia. Para quienes siguen el tenis hoy, es el entrenador de Pablo Cuevas. Pero también se lo puede presentar como un entusiasta polista aficionado. En algún momento, además, un golfista de correcto nivel. Y para sus amigos, un compañero de los partidos de fútbol. En todo caso, un apasionado por el deporte.

Él lo explica así: «Dejé de jugar profesionalmente en el año 2000. Y por un tiempo dejé el deporte. Estuve jugando al fútbol en la Liga Universitaria por Old Christians. Y tenía lo del polo pendiente. Mi hermano practicaba este deporte, yo lo veía y siempre me gustó. A veces me subía a un caballo y trataba de pegarle a la bocha. Al final empecé, aprendí a dominar al caballo para este juego y sigo jugando, aunque en forma amateur. Mi equipo es el Familia Deicas, que es mi sponsor y son amigos. Tengo dos de handicap, aunque llegué a tener tres. Fue bastante duro aprender a jugar pero no hay nada que no se pueda hacer si uno pone dedicación y esfuerzo. También jugué mucho al golf, sobre todo cuando era tenista. Llegué a ocho de handicap. Dejé cuando empecé con el polo, aunque últimamente volví a jugar en La Tahona».

Chelo, como le dicen, tiene 52 años y es un vecino de Colinas de Carrasco desde que comenzó a funcionar el barrio. Casado con Raquel en junio de 1997, tiene dos hijos, Juan Pablo y Lucía. Tras terminar su carrera como jugador, se vinculó al tenis por diferentes vías (fue capitán del equipo de la Copa Davis, entrenó jugadores jóvenes, organizó torneos Future, fue director del Carrasco Lawn Tennis) y desde diciembre es el entrenador de Pablo Cuevas, el mejor tenista uruguayo del momento.


FOTO ARCHIVOFAMILIA DEICAS, , sponsor actual de su equipo de polo.

Cuenta que trabajar con Cuevas le da muchas satisfacciones. «Una es la posibilidad de lograr con él cosas que no pude alcanzar como jugador. Aunque él ya tenga una carrera hecha, siempre hay muchas cosas para mejorar. Por ejemplo, una prioridad es lograr consistencia en su juego. Él tiene 34 años y aunque está más cerca del final de su carrera, hay formas de lograr de extenderla uno, dos o tres años más. Depende de él y puedo decir que está muy motivado para continuar», afirma.

Además, Filippini es aficionado al buen vino. En su casa tiene una bodeguita con unas 150 botellas, que empezó a comprar cuando jugaba. “Cuando llegué a los cuartos de final de Roland Garros en 1999 compré una serie de maduración tardía con fecha para consumirse entre 2006 y 2036. Y todavía me quedan algunas botellitas”, cuenta. Se vinculó a la familia Deicas, que lo apoya en sus proyectos y da nombre, por ejemplo, a su equipo de polo.

Mucho antes de eso, fue un prometedor juvenil del Carrasco Lawn que un día fue a probar suerte a los torneos europeos. Y su carrera despegó rápido. Fue tres veces campeón nacional individual. En 1987 ingresó al circuito de ATP, donde logró cinco títulos como singlista: Bastaad, Praga, Florencia, Atlanta y Saint Polten. Fue finalista en otros cinco torneos. Y ganó tres campeonatos más en dobles. Su mejor ubicación en el ranking mundial fue 30° como singlista, en agosto de 1990. En dobles, llegó al puesto 44 un año antes. Durante años fue pieza fundamental del equipo uruguayo de la Copa Davis, que peleó varias veces por un puesto en el grupo mundial. Se trajo una medalla de oro en dobles (junto a Nicolás Zurmendi) de los Juegos Odesur de 1996 y la de plata, también en dobles, de los Juegos Panamericanos de Mar del Plata 1995, en esa ocasión con Diego Pérez, su «socio» habitual en la Davis. Para cerrar este breve resumen de su larga carrera, otro recuerdo: poco antes del retiro, alcanzó los cuartos de final de Roland Garros 1999, su mejor actuación en un certamen del Gran Slam, y solo cayó ante André Agassi, luego campeón.

Desde diciembre del año pasado entrena a Cuevas. Viajó con él durante varias semanas, en especial la gira por Córdoba, Buenos Aires y Río de Janeiro y proyectan ir a Europa cuando el tenis reanude sus torneos.

En sus viajes por el mundo, en especial a Estados Unidos, había visitado countries, cuando en Uruguay todavía no existía ese tipo de emprendimientos inmobiliarios. La idea le gustó y cuando aparecieron los primeros proyectos, se sumó. «Compré inicialmente en La Tahona y después fui socio fundador en Colinas. Me gustó el terreno, aunque en ese momento estaba todo pelado. Fui comprando cosas en empresas de demoliciones, adoquines, puertas, piedras lajas, que depositaba en el predio, al tiempo que iba plantando árboles. Hace 11 años que vivo ahí con mi esposa y mis hijos, y estoy muy contento. La casa está en una de las lomas, tiene buena vista y quedó muy bien».

«De mi época a hoy el tenis ha cambiado algo, pero no mucho. Por ahí ahora se juega un poco más rápido, pero las cosas básicas se mantienen», asegura.

¿Podría un chico uruguayo hoy seguir su mismo camino en el tenis profesional? Piensa un instante y responde: «Si es bueno va a llegar igual. Si quiere estar entre los puestos 200 y 300 del ranking, va a ser más costoso que en mi época. Yo viajaba sin entrenador al principio, y hoy eso es impensable. Por ejemplo, Cuevas viaja con su entrenador y su preparador físico. También puede que haya más jugadores que ingresan al circuito atraído por la plata que se mueve. Lo toman como un trabajo. Cuando yo jugaba, lo que me movía era la pasión».

Justamente, enfatiza que fue la pasión lo que lo llevó a ser tenista. «Estaba el dinero, sí, pero no era lo principal. Es como los niños que quieren ser arquitectos o médicos, piensan en la profesión antes que en la parte económica. Ahora creo que muchos chicos se meten en el tenis, como ocurre en el fútbol, por los millones que se mueven. Además, cuando yo tenía 12 años y jugaba los torneos para esa edad, no tenía ni idea sobre lo que ganaba un tenista profesional», comenta.

Un aspecto importante, a su juicio, es la voluntad de jugar y triunfar, «Cuando empecé como juvenil, el primer año no le gané a nadie. El segundo año me fue un poco mejor. El tercer año me fui cinco meses a Francia y fue una época dura. El cuarto año fue más ordenado y empecé a jugar torneos de ATP, siempre en ascenso. Y el quinto año ya estaba 40 en el mundo. Debo reconocer que no tuve ningún traspié grande en el principio de mi carrera», señala.

Allá por mayo de 1987, cuando jugó la clasificación de Roland Garros, estaba 650 en el mundo. En julio de 1988, trece meses después, se había colocado entre el 40 y el 50 en el ranking. Y dos años más tarde alcanzó su puesto más alto, 30.

¿Y si hubiera fracasado en sus comienzos? Una pregunta que quizás muchos deportistas exitosos nunca se hicieron. Filippini piensa que hubiera sido profesor de tenis. «En realidad cuando empezaba a jugar no tenía plan B –reconoce–. Dejé de estudiar y la idea era dedicarme al tenis. No pensaba en otra cosa. Mi hijo ya no se dedica al tenis, pero cuando empezaba en el deporte le aconsejé ese plan B, que era buscar una beca en una universidad de Estados Unidos a través del tenis».

«La Copa Davis siempre representó un desafío importante y tengo muchos recuerdos –relata–. Me acuerdo de casi todo, desde la primera vez que la jugué con 17 años hasta la última vez., Aquellos triunfos contra Argentina, contra México o Perú. O cuando gané al holandés número 20 del mundo como visitantes en cancha indoor. Y cada partido en Montevideo, con las tribunas siempre llenas y la conexión con el público».

«El otro día un periodista me comentó los números de mi carrera. Solo en partidos por torneos oficiales de ATP tengo alrededor de 500, con 240 triunfos y 246 derrotas. Y otros tantos partidos sumando la Copa Davis, otros circuitos, torneos interclubes. Yo jugaba 32, 33 semanas al año, quizás más de lo que un profesional promedio está jugando en el presente. A veces paraba dos o tres semanas, pero sin dejar de practicar. Y me tomaba tres semanas de verdaderas vacaciones en diciembre, cuando me iba a jugar al fútbol con mis amigos», recuerda.

«Fueron 13, 14 años de viajes, hoteles y torneos, pero lo disfruté. Tengo muy buenos recuerdos de todo eso. Ahora cuando viajé con Cuevas también lo disfruté, fueron lindas sensaciones, aunque ahora tengo esposa e hijos y los extraño», añade.

Reconoce, sin dudarlo, que esa vida profesional le enseñó muchas cosas para su vida posterior. «Aprendí que a nada se llega sin esfuerzo. Que en todo momento hay cosas buenas y malas. Que la perseverancia y el empeño es lo que hace al final la diferencia. Cuando jugaba sabía que para ganar tenía que aplicar por lo menos el 75% de todos los aspectos de mi juego. Pero en la vida no todo tiene que estar perfecto para funcionar. Si de diez cosas, siete funcionan, está bien», sostiene.

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