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Dos generaciones de cracks

En La Tahona juegan Miguel Reyes, uno de los golfistas con más destacada trayectoria del país, con los mejores juveniles del presente: Jean Paul Marteleur y Alfonso Mailhos

MIGUEL REYES, uno de los golfistas con más destacada trayectoria del país.

La cancha de La Tahona los ha visto transitar mil veces, pegándole a la pelotita con potencia y estilo. Miguel Reyes, Jean Paul Marteleur y Alfonso Mailhos tienen una calidad que atraviesa las generaciones y otro elemento en común: los tres son socios del club de golf ubicado en el complejo del Camino de los Horneros.

Reyes, de 45 años, cuenta con una larga historia de triunfos, que incluye los principales títulos uruguayos y un logro sorprendente: llegó ser campeón argentino de menores, juveniles y mayores al mismo tiempo. También integró el equipo que ganó para el golf celeste, por única vez, la Copa Los Andes, el tradicional Sudamericano de este deporte que ya suma más de 70 ediciones. Marteleur, de 17 años, es el actual campeón nacional juvenil, en tanto Mailhos, de 14, es el campeón nacional pre juvenil y subcampeón juvenil.

Para ellos, el golf no solo es una diversión que también les permite competir. Miguel construyó buena parte de su vida alrededor de este juego, pues se graduó como bachellor en administración de empresas en la Virginia Commonwealth University de Estados Unidos gracias a una beca lograda a través del deporte. Marteleur aspira también a una beca en Estados Unidos, en tanto Mailhos sueña con convertirse en golfista profesional.

Recién casado, Reyes se fue a trabajar a Buenos Aires. Regresó al país en 2003 con su esposa y una hija pequeña, Josefina, y encontró que el incipiente desarrollo inmobiliario de La Tahona le resultaba accesible para comprar un terreno. Ya vivía allí su cuñada y pronto también se mudaron sus padres. Poco antes de terminar la construcción de la casa en 2005 llegó otro hijo, Francisco, y la familia se completó en 2009 con Agustina. «Vivir en La Tahona me sirvió mucho para prolongar mi vida golfística. Nunca dejé de jugar, incluso cuando vivía en Argentina», cuenta. Mailhos, en tanto, reside allí desde que nació. “Veía a los golfistas pasar, así que me interesó desde siempre. Además, mis padres juegan. Yo lo hago desde los cinco años. Empecé en la escuelita de La Tahona con la profesora Virginia Martín Valdez, luego con los profesores John Gómez y Juan Rodríguez y ahora estoy entrenando con el profesor Álvaro Canessa”, indica. Marteleur es el único de los tres que no vive en ese barrio, sino en Parque Miramar. «Yo empecé con el golf cuando tenía seis años y vivía en Río de Janeiro –explica–. Lo hice en el club Itanhangá. Y la primera vez jugué en Uruguay fue en La Tahona. Mi abuela me hizo socio y es mi club».

FOTO ALFONSO MAILHOS, uno de los mejores juveniles del presente.

Los nuevos objetivos

La casa de Reyes está junto al hoyo 13. Tan pronto puede, sale a la cancha a practicar. Su primer objetivo es «tratar de no perder el swing, estar con el palo en la mano». El swing, el movimiento que realizan los golfistas para pegarle a la pelota, exige poner en acción 124 músculos en una coordinación que cuesta alcanzar y también cuesta mantener. El segundo objetivo es jugar y el tercero, competir.

«Estuve en la Copa Los Andes hasta la edición de 2018 en Montevideo y ese año participé en el Mundial de Irlanda, una experiencia increíble junto a chicos a los que le llevaba 20 años, pero nos entendimos muy bien. El año pasado ya no fui al Sudamericano, porque requiere un sacrificio muy grande de tiempo y no lo tengo. Como el 2018 fue intenso, tuve un 2019 más tranquilo», asegura.

Pero se entusiasma al hablar de su nueva meta, el Latin American Championship, un certamen anual para aficionados cuya edición 2021 será en el Lima Golf. Y su gran premio es la clasificación al British Open y al Masters de Augusta, dos de los cuatro grandes torneos profesionales en el mundo. «Hace tres años que voy al Latin American y es el mejor torneo que hay, mejor que un mundial, porque en este caso si sos campeón te dan una copa, un abrazo y nada más. En cambio jugar el Open o el Masters es un premio gigante. Te eligen por el ranking mundial, te pagan todos los gastos. Yo estoy entre los más veteranos, el resto promedia los 21 años», indica. «El Latin American me permite tener objetivos individuales para no aflojar con la práctica».

El golf hace posible que se midan jugadores de edades diversas, aunque la tendencia es que los participantes en las principales competencias amateurs sean cada vez más jóvenes. A Reyes eso no le preocupa: «No siento que los rivales jóvenes me tengan un respeto mayor que a otros. Algunos saben que gané torneos, pero otros ni siquiera eran nacidos cuando eso ocurrió. Pero saben que soy un competidor que les va a dar batalla. Cuando una de las últimas copas Andes, los chicos me presentaban a los rivales como ‘un veterano al que no tuvimos más remedio que traer’. Cuando me vieron jugar y se enteraron que había jugado 15 años el torneo les decían ‘nos engañaste’», cuenta, risueño.

Miguel pretende que más jóvenes lleguen a las mismas instancias deportivas que él conoció. «Me rompe la cabeza tratando de lograr que los chicos sean más profesionales y desarrollen su pasión. Por el golf o por cualquier cosa. Hoy tienen muchas distracciones, casi todas electrónicas, y me da pena que no se terminen de involucrar en un deporte que es tan sano. No recuerdo que cuando yo tenía su edad mis padres me dijeran ‘andá a jugar’. Cómo enganchar a los jóvenes para que practiquen y lleguen a la alta competencia es un desafío nada fácil para los padres y los dirigentes».


FOTO JEAN PAUL MARTELEUR, uno de los mejores juveniles del presente.

Los sueños jóvenes

Esa pasión está presente en Marteleur y Mailhos. Jean Paul, por ejemplo, entrena entre dos horas y media y tres horas por día, bajo las instrucciones de Álvaro Canessa. También mira mucho golf por televisión y tiene un jugador profesional favorito, el estadounidense Xander Schauffele, sobre todo por su swing.

Los resultados le dan la razón al trabajo: es el campeón indiscutido de la categoría juvenil. Para consagrarse, le sacó 16 golpes al segundo, justamente Alfonso. «El primer día jugué muy bien e hice dos bajo el par. El segundo y el tercer día no pude repetir, pero me mantuve en la punta y cerré con par de cancha», indica. El par de un hoyo y de toda la cancha es el número ideal de golpes que debe ejecutar un golfista de buen nivel para completar el recorrido y se mide de acuerdo a la distancia del hoyo. Por eso, bajar el par resulta un logro.

No está entre los pegadores más fuertes, pero no se queja de las distancias que logra. Tiene buen approach (juego corto) y anda bastante derecho sobre el green, el lugar donde se define cada hoyo. «Logré muy buenos resultados con el putter, aunque depende del día, si le embocás las caídas», comenta.

Su idea es que el golf le permita realizar cursos universitarios en Estados Unidos, algo que aspira desde chico. «Ahora estoy en sexto de Ingeniería, pero dependiendo de la propuesta que tenga desde Estados Unidos, buscaré una carrera con menor carga horaria para poder dedicarle tiempo al golf, que podría ser administración de empresas o comunicación», señala.

Mailhos tiene 14 años, pero el golf llena casi dos terceras partes de su vida. «Lo primero que me enseñaron en la Escuelita fue a pararme ante la pelota y a hacer el swing. Aprendí todo bastante rápido. Cuando empezás de chico es más fácil», asegura.

«El primer campeonato que jugué fue un torneo para jóvenes y principiantes en La Tahona. Tenía siete u ocho años. No me acuerdo cómo me fue, pero estuve entre los primeros. Muy pronto comencé a jugar en otras canchas, Cerro, Punta Carretas, Punta del Este», añade.

«Tengo muy buenos recuerdos del Nacional Pre Juvenil que gané en 2018 en el Club del Lago –relata Alfonso–. Me acuerdo clarito de todo. Fueron tres días e hice más 31 en total. La cancha del Lago es complicada, larga, con subidas y bajadas y muchos árboles. Gané por un golpe en el último hoyo. Al tee del último hoyo estaba empatado con otro jugador. Los dos hicimos el primer tiro al medio del fairway. Pero mi rival, colgó la pelota de un árbol con el segundo tiro al green, mientras yo caía en un bunker. Al final yo hice bogey, y él la tuvo que declarar injugable la pelota, e hizo doble bogey».

«Cuando empezaba me ponía nervioso antes de salir a la cancha, pero cada vez me pasa menos. Igual se sufre. Para embocar un putt de dos metros hay que concentrarse y no dudar, porque si no es imposible. ¿Cómo juego? No pego muy largo pero sí recto y consistente. Me gustaría aprender más tiros: a hacer doblar la pelota, a tirarla alta o baja. Siempre se puede mejorar», dice, convencido.

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